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Campanas
Campanas
Han sonado las campanas pregonando, llorando, homenajeando, cantando y augurando.

Todo esta mezcla estremecía  el corazón del mundo cuando se daba la noticia de la muerte de Juan Pablo II. Una ola de dolor sencillo y de pueblo se extendió por todas partes. Era el amor respuesta a un personaje de la historia que había demostrado amor a la humanidad. Otra ola de dolor ritual abarcó a los graves dignatario eclesiásticos que cuidaron, siempre prudentes de no comprometerse demasiado con ningún pronunciamiento, hablando mucho sin decir nada. Otra expresión dolorida nació de los fanatismos insertados en la Iglesia que lograron amparo y quieren ahora colocar en el trono pontificio a gente definida en su favor. Y otro dolor sereno acompañó desde quienes, junto al lamento por la muerte de un verdadero luchador de la fe, miraron hacia el futuro para evaluar la eficacia y la orientación de esa lucha siempre generosa y muchas veces heroica.

no puede resultar aceptable al Vaticano a pesar de que éste no se pronuncie expresamente en su contra. Pero es seguro que apenas se insinúa la renuncia por cualquier motivo, se aceptará inmediatamente. Así sucedió por ejemplo con la renuncia de Mons. Hessayne entre nosotros y de Mons. Casaldáliga en Brasil al cumplir los setenta y cinco años. A Mons. Primatesta en cambio, amigo personal de Juan Pablo II, se le pidió postergar su alejamiento hasta que lo creyera conveniente. No es entonces, argumento de nada, que el Vaticano haya aceptado Creo que con tranquilidad objetiva se puede hacer un paralelo con otro Papa de largo reinado, el último con la posesión de los Estados pontificios, gobernante y a la vez  cabeza de la Iglesia católica. Pio IX. Además de compartir con él la extensión del pontificado, la simpatía de Juan Pablo II por ese pontífice se mostró al introducir junto a la de Juan XXIII su causa de beatificación. Ambos fueron tenaces luchadores. El primero hasta con ejércitos, derrotas y victorias y nuestro Juan Pablo con una persistencia que se sobrepuso a un atentado y a las deficiencias marcadas de su salud y su edad para no dejar de visitar a los pueblos del mundo. Ambos profesaron ardiente devoción a María. Pío IX adelantándose a la definición del dogma de la infalibilidad pontificia, elevó a esa categoría  el título de Inmaculada Concepción de María. . Juan Pablo estuvo muy cerca de definir como dogma el título mariano de “medianera de todas las gracias” que hubiera provocado distancias en el ecumenismo y hasta contradicción con la afirmación bíblica de Jesús único mediador. Pío IX canonizó a más santos que la suma de todas las canonizaciones anteriores a él. Juan Pablo II realizó más canonizaciones que las realizadas después de Pio IX.. Según un juicio relativamente creíble Pío IX con las primeras decisiones de su pontificado marcó una expectativa de avanzada que se torció posteriormente hacia el conservadurismo. Juan Pablo II, para algunos, después del atentado que casi le costó la vida, comenzó a mostrar una actitud restauradora que abarcó la mayoría de sus decisiones, si se exceptúa un tanto, el campo de los problemas sociales. Después de Pío IX se hacía muy difícil la elección de un sucesor que pudiera retomar todos los problemas pendientes en los diversos campos en que su personalidad fuerte y autoritaria, había intervenido. Lo mismo que está sucediendo ahora, en que seguramente no será fácil encontrar la persona adecuada para recibir la importante y complicada herencia de Juan Pablo II.

Las órdenes que se están impartiendo desde un sector muy identificable le asignan como primera tarea al nuevo Pontífice iniciar la causa de beatificación de Juan Pablo junto con la sugerencia de llamarlo Juan Pablo el Grande, todo lo cual no creo que fuera compartido por Karoll Vojtila.


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